Contribuir sí, pero con justicia y sentido común: Jorge Villacaña

Cuando era niño no entendía muy bien qué significaba pagar impuestos. Veía a los adultos cumplir con el predial, pagar una licencia o realizar algún trámite y para nosotros aquello era simplemente parte de las obligaciones de los mayores. Con los años entendí algo muy sencillo; una ciudad necesita recursos para funcionar y quienes vivimos en ella tenemos la responsabilidad de contribuir.
El problema comienza cuando esa relación pierde el equilibrio.
En la columna anterior recordaba aquel Oaxaca donde se podía caminar por sus calles, los semáforos funcionaban, los jardines estaban cuidados y las luminarias se encendían por las noches. Nada de aquello ocurría espontáneamente; mantener una ciudad cuesta y alguien tiene que pagarlo. Por eso nunca he creído en el discurso en el que no se deberían cobrar impuestos. Los impuestos son necesarios, pero también deben ser justos y, sobre todo, devolverse al ciudadano en forma de servicios.
Hoy muchas familias, comerciantes y pequeños empresarios de Oaxaca sienten que esa relación se rompió. El predial generó inconformidades que obligaron incluso a corregir la Ley de Ingresos municipal y revisar miles de cuentas cuya base gravable había sido modificada. Más allá de porcentajes y cifras, aquello dejó una enseñanza que no deberíamos ignorar; no se puede gobernar una ciudad haciendo cuentas únicamente desde un escritorio.
Detrás de una cuenta predial hay una familia. Detrás de una licencia de funcionamiento hay alguien que abre temprano su negocio, paga renta, luz, nómina y proveedores, y todavía tiene que llevar dinero a su casa. Detrás de cada permiso hay una persona intentando ganarse la vida. Una autoridad responsable debe recaudar, sí, pero también entender a quién le está cobrando y cuánto puede soportar la economía de la ciudad.
Porque recaudar bien no significa cobrar más. Significa lograr que más personas quieran y puedan cumplir con esta responsabilidad ciudadana. Y para eso hace falta algo que no se aprende improvisando: conocimiento de la administración pública, sensibilidad y una estrategia seria de recaudación. Cuando el ciudadano percibe que paga cada vez más mientras encuentra baches, luminarias apagadas, banquetas destruidas, basura o servicios deficientes, no solamente se deteriora la ciudad; se rompe algo todavía más difícil de recuperar: la confianza.
Lo mismo ocurre con la obra pública. Oaxaca tiene ingenieros, arquitectos, constructores, proveedores y trabajadores con experiencia suficiente para construir su propia ciudad. Cuando una obra se entrega a una empresa de fuera que después termina subcontratando a quienes sí conocen el terreno, ocurre algo absurdo: el recurso sale, los intermediarios se quedan con parte del margen y al profesionista o empresario local que finalmente realiza el trabajo le queda cada vez menos.
La obra pública debería tener también un efecto económico en la comunidad. Cada peso correctamente invertido puede convertirse en empleo para un maestro de obra, trabajo para un arquitecto, un contrato para un ingeniero, compras a proveedores locales y sustento para muchas familias. Construir Oaxaca también debería significar fortalecer a quienes viven y trabajan en Oaxaca.
Aquí no se habla de privilegios ni adjudicaciones por amistad, sino todo lo contrario: competencia, transparencia, capacidad técnica y reglas claras. Pero dentro de esas reglas se debe procurar que el talento y las empresas de nuestra ciudad tengan oportunidades reales de participar y crecer.
Para quien desee gobernar Oaxaca de Juárez, no debe parecerle sencillo. Nunca lo ha sido. Administrar una ciudad con esta historia, su complejidad urbana, sus agencias, barrios, comercio, patrimonio y necesidades requiere mucho más que buenas intenciones. Requiere experiencia, conocimiento y capacidad para tomar decisiones entendiendo sus consecuencias.
Nuestros padres pagaban porque sabían que contribuir era parte de vivir en comunidad. Nosotros también debemos hacerlo. Pero quien gobierna adquiere al mismo tiempo otra obligación: cobrar con justicia, administrar con honestidad y devolver cada peso posible en una ciudad que funcione.
Como ciudadanos no queremos dejar de contribuir; queremos calles donde se note nuestra contribución, servicios que la justifiquen, oportunidades para nosotros mismos y autoridades que entiendan que detrás de cada peso que entra a las arcas municipales hubo alguien que tuvo que trabajar para ganarlo.
Porque los impuestos no son dinero del gobierno. Es dinero de la gente para hacer funcionar la ciudad de la gente, y esa ciudad, administrada con capacidad, sensibilidad y justicia, también es el Oaxaca que merecemos. Contribuir sí, pero con justicia y sentido común.


